Hasta ese año me la pasaba viendo a Isabel recostada del lavamanos. Le daba la espalda al espejo entonces yo podía ver su pelo negro y liso moverse mientras hablaba. Me regañaba como la ultima vez. Estábamos en el baño y se puede entender que yo estaba recostada de la pared que da hacia la ducha, cosa que me da mucho asco pero me deje llevar. Ella me escuchaba con atención y asentía repetidas veces, como la gente que ya está más que clara de lo que le estás hablando y solo espera que dejes de hablar. Le dije que el tema con León estaba finalizado y que ahora me sostenía a la idea de recuperar mi ecosistema. Ella se puso contenta, se le hizo un pliegue en el cachete mientras sonreía, volteé mi mirada hacia el espejo para verle el pelo y justo se fue. Ya no estaba recostada en el lavamanos y mucho menos reflejada en el espejo. Quería contarle que el día que conocí a Dylan le dolía mucho la cabeza y a pesar de decirme que no quería una pastill...
Te ves minúsculo bajo el manto de luces, bajo la luz que viaja por años y te ilumina la cara, sientes que giran y abres los brazos como apretando constelaciones y sigues con los ojos en el cielo y besando estrellas. Estas de pie a un lado de la carretera, con la vista a donde el rocío acompaña al alba e ilumina en tenues tonos amarillos y verdes el nacimiento de la montaña, lo observas con los ojos bien abiertos y sé que estas introspectivo, ausente, tu cuerpo inerte pero tú por ahí, en algún lugar. Mis labios se mueven y articulan, te hablo de la sensación de sentirme ajena cuando me veo frente al espejo, durante minutos me examino, mi nariz, mis cejas, la boca, los ojos, veo mi ojos y me siento, siento que eso que veo esta en mi cuerpo o que yo estoy dentro de eso que veo, de esa nariz desviada y la boca profanada, me veo y me siento, me siento en mi cuerpo y mi cerebro visualiza un espacio infinito y extenso, negruzco e inagotable, en el que lo micro y lo macro converge...
Francisco Suniaga, 2008. Cuando pedí la baja militar, no regrese a los Andes porque Caracas ya se me había metido hasta los tuétanos. La encontraba preciosa; conservaba su gracia de vieja ciudad colonial y era mucho más pequeña que el valle del Guaire. Usted también se vino del Táchira en esa época, de manera que sabe de lo que le hablo. ¿Se acuerda? Uno subía al Calvario o a la Escuela Militar y podía ver la ciudad completa, blanca y roja, cobijada por la montaña del Ávila, alta y verde. Parecía un pueblo andino cerca del mar Caribe, que para nosotros, criados tan lejos de él, era una obsesión. Eso de crecer con la ausencia del mar, usted lo sabe, es un vacío muy grande. Uno de los recuerdos imborrables en mi memoria fue la primera vez que fui a La Guaira y pude verlo. Aunque podía ir por tren, y era incluso más barato, me recomendaron que viajara por carretera pues la vista era mejor. Tome un bus en Caño Amarillo y comencé ese viaje que tengo aún muy vivido en mi mente. Cuando...
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